
Atlético dice que es de Primera, pero la presión del promedio ya comenzó a calar y el stress por el puntito ya desata iras.
Todo llega. En el fútbol también. La euforia de la cargada al "primohermano" ya mutó a gesto adusto. El fondo de la tabla tiene piso enjabonado y el "deca" no hace pie desde hace rato. Cada esfuerzo termina en resbalón y cada resbalón en un error no forzado... o no tanto.
No gana desde que arrancó el Clausura y la bonanza del final del Apertura fue efímera. "Chiche" Sosa, por primera vez, escuchó a espaldas de su banco el murmullo crítico porque el resultado no acompaña. El ingreso de Musto y Gigliotti disparó más el malestar.
La gente mira el juego desde la pasión y todos hablaron de la mezquindad de los cambios, pero para atacar hay que tener la pelota y el dueño de ella era Ortigoza. Musto podía ayudar a que el volante de Argentinos empezara a compartir la posesión.
Todo el mundo pedía al limitado Fabio Escobar como si fuera Rud Gullit. El paraguayo es otro de los iluminados de este deporte. A pesar de las dudosas virtudes que posee hace goles y ese hecho lo posiciona como un hombre a tener en cuenta. El día que se le apague la luz de la fortuna no se dónde irá a parar. En medio de este "drama" deportivo hasta se la agarraron con el Pulga Rodríguez, ídolo si los hay.
A Chiche no le gustó que lo cuestionaran y dicen que hasta amagó subirse a un bondi y pegar la vuelta a sus pagos. Pero este deporte es materia opinable para cualquiera hasta para aquellos que la pasión los obnubila. Y en eso de opinar creo que Vargas, el otro paraguayo, no es más que Montiglio, Drocco, Musto, Erroz, Longo y que Granero, pedido a gritos por los hinchas y borrado impunemente por el técnico.
El refuerzo guaraní jugó en todos los puestos de la media cancha y no hizo diferencia como para seguir siendo el titular por encima de los apellidos del párrafo anterior. Pero bueno, yo no soy el técnico y no decido. No trabajo en la semana con ninguno de ellos y no sé si el día del partido alguno de ellos tiene dolor de muela, o ataque de caspa o cualquier otro mal que no le permita jugar antes que el paraguayo.
Todas estas disquiciones, mías y de los hinchas, quedarán en la nada cuando Atlético comience a ganar. Esos triunfos le darán el aire necesario para anudar los cordones de unos zapatos con clavos que le permita escalar desde el fondo enjabonado de la tabla de los descensos.